Volaba a toda prisa
de una gran flor al piso
del piso a la gran flor.
Todo era como un sueño:
yo volaba al compás de las aguas
de un río sin corriente
y la luna nadaba en silencio
sobre el lecho de espejo
a mi lado
y el hada impertinente
con su aletear de estrella que se apaga
me hacía sonreír
a media noche.
Un hada pequeñita
apenas vi su sombra
pero revoloteaba
con alegría de niña
de un pétalo granate
al la humedad del pasto
vuelto luz terciopelo.
Yo ya no creo en las hadas
¡por supuesto!
pero ésta era tan real
y tan tangible
tan crecana a mi anhelo
que la dejé volar
y la dejé anidar
en la corola aún cerrada y taciturna
de mi flor de jardín
en pleno hechizo.
Miércoles 31 de marzo
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